Alejandra Atarés | 03.10.2014 / 29.11.2014

Retrats #2

 

INAUGURACIÓN: VIERNES 3 DE OCTUBRE A LAS 18h

 

Primavera

 

Alejandra Atarés. Retratos. Segunda Parte.

El cambio de paradigma social y económico de principios del siglo XX llevó a la artista a desarrollar un rol dentro de la sociedad muy diferente al que había desarrollado hasta entonces. Rompiendo con la tradición mimética occidental y encontrando nuevos inputs creativos en productos de carácter industrial como el cine, la fotografía y la publicidad – generadores de la cultura de masas – la artista empieza a diversificar su perfil a medida que surgen nuevos canales de representación que le permiten una recreación de la realidad de su tiempo, más cercana y personal, posicionándolo como un referente, divinizado y mitificado dentro de una emergente sociedad de consumo.
Sin dejar al margen esta herencia cultural, Alejandra Atarés, totalmente identificada con su contemporaneidad y con sus elementos que la integran (sobre todo aquellos vinculados con la cultura pop y kitsch), se posiciona en la Historia del Arte al lado de los “grandes genios” con un juego no exento de un alto sentido de la ironía. Participando de este particular paseo de la fama, su huella plástica resalta por el uso multicolor de la materia donde los protagonistas principales son las gamas de rosa – desde el chicle al fucsia -, azules turquesa y verdes flúor y el juego de texturas que proporcionan purpurinas y papeles de regalo, así como de la incorporación de elementos simbólicos de gran solidez lingüística y formal que surgen tanto de influencias populares como personales. Todo junto, traza de manera inconfundible su firma en el mapa artístico actual.
Siguiendo la estela de composiciones anteriores, Atarés reitera la inclusión de elementos ya tratados dando énfasis a su significación e incorporándolos en nuevas temáticas. El personaje de espaldas, tratado con perspectiva cinematográfica, vuelve a hacer su aparición en esta segunda parte. Prestado a la incerteza del porvenir y con aire melancólico, el cuerpo rezuma una visión romántica mientras se diluye en un entorno articulado con grandes dosis de fantasía. Paisajes, que acostumbran a formar parte de las vicisitudes de la artista, son representados idílicamente según surgen del recuerdo, impostando los recortes de memoria sobre la tela. Así como lo hacen los dos elementos fetiche que desvelan la feminidad de las protagonistas, los dos vinculados histórica y socialmente al ideal de feminidad: el pelo, mostrándose recogido recalcando la riqueza de sus matices, y los tejidos, los cuales, como los paisajes aluden a un efecto de memoria personal – pues están relacionados con mayor o menor grado a la persona que los viste –, pero también colectiva, ya que indaga en el aspecto artístico y creativo de este componente industrial que Alejandra, con tal de diferenciarlo del paisaje, elabora mediante una mezcla abarrocada de materiales y colores, otorgando un carácter preciosista y extravagante al conjunto.
Esta vez, los colores y brillos dan un paso hacia adelante, el barroquismo y la plasticidad abordan espacios reales con la intención de dar pie a una serie de desmitificaciones sobre el mundo del arte y la cultura. Alejandra juega y se enreda con la personalidad de la diva para incluir temas y personajes que ya forman parte de nuestro imaginario colectivo.
La primera aportación la hace con su visión de Las cuatro estaciones, concretamente con la obra Primavera, una composición llena de temeridad y capricho, compendio floral que transita entre el telón de fondo – donde se representa la flora auténtica interpretada por Atarés – y la camisa de la protagonista, diálogo con el que incide en la apreciación superficial que podemos llegar a tener del natural y del artificio.
Una visión sobre todo condensada en obras de alta concentración lumínica y reminiscencias exóticas que la artista ha traído de su última experiencia en Miami. Interminables palmeras, que parecen recortadas como sombras chinas sobre una puesta de sol de colores ácidos y flúores, envuelven la sala dispuestas a acoger a las nuevas heroínas de Alejandra. Esta vez, pero, juega al desconcierto y entre las estrellas anónimas decide ubicar algunos iconos del mundo del celuloide y la televisión. Personajes que, nos guste o no, forman parte de nuestra actual fauna cultural, licencia que la artista se permite con tal de ubicar a Paris Hilton y a Lindsay Lohan en la muestra.
Odiadas y queridas, motivo de controversia sobre moralidad e imagen, las dos encarnan el ideal de una realidad de algodón y caramelo de la cual ahora, desbocadas a los excesos, han quedado totalmente desubicadas. Paris, con el pelo rubio, aparece con una camisa hawaiana que acentúa su imagen de chica Barbie, mientras que Lindsay, pelirroja y con una coleta que rememora el aspecto ingenuo de su infancia, es acorazada con un jersey de Miley Cyrus con la intención de connotar la trascendencia a una edad adulta acompañada de una explícita sexualidad. Opulencia y falso brillo que fascinan a la artista quien les posiciona como al resto de sus personajes, de espaldas, perdiendo así su celebridad convirtiéndose en seres terrenales de los cuales sólo podemos averiguar su personalidad a partir del nombre que aparece en la cartela, objeto que actúa a modo de carné de identidad.
La artista, sin entrar en juicios de valor, simplemente los utiliza como divertimento para recrear sin embudos ni titubeos la realidad de una sociedad precursora del invento de esta clase de personajes que se han establecido como un producto de consumo más. Artificio nada novedoso y que ya han encarnado personajes como Shirley Temple en los años treinta, Judy Garland con su adorable Dorothy en el Mago de Oz o Madonna en la década de los ochenta. Hoy nos ocupa Miley Cyrus aunque ya podemos intuir que apronto será sustituida. De lo que sí podemos estar seguros es de que allí estará Alejandrà Atarés, tomando nota y dejando constancia pictórica del siempre tan particular presente.

Lilianna Marín de Mas. Septiembre 2014

 

 


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