Alejandra Atarés Abad - texto

¿Quién nos da la espalda? Mayormente mujeres, espaldas femeninas cuyo torso indica coraje pese a un horizonte incierto.
Recuerdan a las heroínas con poderes, como si la pintura fuera el medio escogido para destacar sus propiedades mágicas, hipnotizantes, y es que el género de fantasía comienza a inundar la obras más recientes de Atarés, palpándose en los tejidos brillantes que resaltan el lado más matérico (y material) de la pintura. Pese a estar latente en los inicios de su obra, ese intento de huida hacia paisajes prototípicamente exóticos (e intencionadamente resaltando sus clichés) han ido coqueteando con el protagonismo de la figura, hibridándose, mezclándose con ella hasta formar un patchwork de color e intensidad que resalta una búsqueda progresiva de contrastes y explosión plástica.

En una sociedad en la que los brillantes remiten a una cuestión de clase, Atarés desnuda de significado las jerarquías entre materiales, haciendo de todo collage una joya, usando de forma lúdica y atenta materiales que van del óleo al plástico industrial. En el telón de fondo sentimos una evocación a la fascinación nostálgica de la obra de artistas como Joaquim Mir, Anglada Camarassa, (aquellos fondos marinos de una luz electrizante), o los llameantes vestidos de Casas, donde el detalle más mínimo deviene un tesoro.

Lo barroco hace su aparición, pero a su vez, untado de las fragancias de las nuevas divas como Rihanna, Katy Perry y demás iconos del pop/kitsch actual. Pero si miramos por el rabillo del ojo, entre las tupidas capas de pintura (bordados minuciosos) que no descartan una gran variedad de collages plásticos, veremos que tras cada personaje se encuentra casi siempre un horizonte, en el que no tenemos una respuesta clara. Tras la actitud desafiante a veces intuimos incertidumbre, pero afrontada con vitalismo y fuerza.

Y es que la pintura de Alejandra Atarés no entiende de timidez ni de recato.
Ante sus “retratos”, nos sentimos activos, nos entran ganas de rozar, acariciar y acercarnos a sus figuras, en un juego dialéctico donde las distancias entre el espectador y la obra juegan a entrelazarse.

La obra de Atarés juega desde el descaro a plantear un reverso: no es la pintura quien nos da la espalda sino sus enigmas, que hemos de acercarnos para encontrar.
La mirada que nunca desvelaremos, los rostros (seguramente autorretratos de la propia artista) que esconden su actitud, pero que, a modo de espejo, se reflejan en los paisajes de maravilla (de cuento) que, como espectadores, contemplamos.

 

Mercedes Mangrané Junio 2013