Dominica Sánchez - texto

Dominica Sánchez: hacer visible lo invisible

Conxita Oliver / Miembro de la Asociación Catalana de Críticos de Arte


A raíz de la vivencia existencial y vital de la etapa informalista, momento en el que tiende a desarrollar el gesto y a resolver el cuadro desde la reducción del color, progresivamente, la obra de Dominica Sánchez –ya sea dibujística o escultórica- se ha centrado en la exploración de la austeridad. Con una trayectoria casi silenciosa y en solitario, desarrollada a través de un lenguaje estrictamente abstracto, ha llevado a cabo un meditado ejercicio de concisión y laconismo de un grado refinadísimo, siempre basado en el descubrimiento y la variación de las formas y con una obsesión recurrente en la línea.

Es evidente que no hay referentes reales en su obra, aunque la interpretación subjetiva de las sensaciones que la artista siente delante de la contemplación de la naturaleza permanecen reflejadas con una contundencia, con una audacia y con una sobriedad de recursos que no esconden, pero, en ningún momento la vertiente introspectiva. Sus escenarios, de un riguroso orden arquitectónico, constatan, pero, el nexo que se establece entre el ser y el entorno. La radical obra de Dominica Sánchez es la de una artista que ha ido depurando sin prisa su lenguaje sin dejarse influenciar por las tendencias que han surgido en el panorama artístico. Ha hecho de las autoexigencias no una restricción, un conformismo o una rutina, sino todo lo contrario, ha conseguido una creación personalisísima de una gran unidad interna y una sugestiva aportación estética a la plástica actual. Sus paisajes mentales son el resultado de un arduo proceso lleno de exigencias internas, cuestionamientos, planteamientos y retos personales que se convierten en el espejo sobre el cual se reflejan los puntos más vitales de su yo.

Prescindiendo de todo aquello accesorio y con sólo la forma absoluta, nos ofrece lo esencial en su pura universalidad. Una abstracción lírica que, lejos de la inexpresiva y fría especulación formal, nos da a conocer la parte más íntima del ser a través, por ejemplo, de la vaporosidad de las transparencias, las organizaciones estabilizadoras, las estructuras desequilibradoras, los imprevistos desplazamientos, las repentinas rupturas, la dureza de los negros, la contundencia de un rojo, la pureza de los blancos o la valoración de los vacíos. El interés por la leyes naturales, en la creación de espacios sonoros y psíquicos, la llevan a un constructivismo, a través del cual investiga la captación de la euritmia del mundo. La voluntad de perfección, el rigor de la composición, y la ejecución impecable son la clave para conseguir la noción de la substancia primera.

En un segundo estadio, va dejando de lado la pintura para centrarse en el dibujo; medio de expresión inmediato que se adapta de una forma versátil al creador para traducir espontáneamente pensamientos, entusiasmos, incertezas o análisis. En el dibujo, la materia es tan breve que no permite ocultar nada; se manifiesta desnudo mostrando su anatomía, sin ningún tipo de vestimenta que cubra la estructura. La presencia del dibujo –ha escrito María Zambrano- “... de tan pura, limita, con la ausencia”. Y es que el dibujo posee el signo de la eliminación, de la supresión, ya que el contorno –en el dibujo- es fruto de una operación de exclusiones y de abandonos. Por eso, su substancia es delicada, intangible, etérea, casi inmaterial. Pero, el deseo de traspasar la experiencia bidimensional conduce a Dominica Sánchez a desplegar y expandir las formas en dibujos en el espacio, que materializa en hierro pintado. Recorta con tijeras dibujos trazados sobre papel –hechos de estructuras primarias y formas elementales- que va doblando y construyendo hasta pasar de la línea al plano para conseguir, finalmente, dotarlos de volumen y corporeidad. A pesar de contar con la herramienta tridimensional, sigue entendiendo el dibujo como vehículo de su pensamiento ya que considera que constituye la base insubstituible del momento más extraordinario del trabajo del artista: el acto creativo. Porque, en definitiva, el dibujo es la manifestación que hace visible la libertad.

La gran característica de la obra de ésta artista ha sido y es, la de crear la esencia, mediante una poética de mínimos, con una total sobriedad y aspereza. Este proceso reduccionista afecta también al color que se ve enmarcado en la monocromía o el contraste minimizado que lucha entre lo mental y lo sensual, entre la racionalidad y la emoción en un auténtico equilibrio de bipolaridades. Estos encuentros entre contrarios que provocan tensión se da como contrapunto de opuestos a muchos niveles: lleno y vacío, recto y curvo, transparente y opaco, luz y oscuridad... conviven en una magnífica harmonía de reflexión. Rigor y expansión, análisis y sentimiento, fluidez y estatismo, ocultación y descubrimiento... se equilibran perfectamente en un juego de vibraciones.

La estructura que fluye por sus manos recorre el orden de todo aquello existente hasta encontrar su sintonía. Unas energías presentes de forma articulada que acceden a la complejidad de aquello simple y esencial. Siempre coherente, su producción pasa por diferentes series formales en continua transformación, en las que el protagonismo recae en la línea; en aquella “línea que sueña”; una línea que, según Paul Klee, puede hacer visible lo invisible.