Víctor Jaenada - texto

MEJOR QUE NADIE SE FIJE EN TI

LECCIÓN #1

Eduardo Hurtado
Artista y comisario. En Bilbao a Noviembre de 2012


La primera vez que vi el trabajo de Victor fue en su web. Lo cierto es que no se cual fue el camino que me llevó hasta ella. La recorrí entera, de arriba abajo. Hice una lectura bastante ágil de todo, por encima. Me detuve en algunas partes, sobre todo en los videos. No entendí nada. Ni el airecito html chungo que tenía, ni los plátanos caídos por el suelo, ni nada de nada.

La primera vez que quedé con Victor fue en Barcelona. Nos habíamos intercambiado algunos mensajes, pero no nos conocíamos en persona. Hasta entonces nuestra relación había pasado por varios mensajitos de Facebook. Quedamos en un bar, cerca del Paralelo, donde ponían las Sanmis a 1 euro y ponían tapas de panceta ibérica. No hablamos prácticamente de su trabajo, nuestra conversación se fue por otros derroteros (entre otros, la escasa permeabilidad del contexto catalán al mestizaje). Al final de la cita, no conseguía encontrar la relación entre Victor y todas esas imágenes que recordaba como parte de su curro. Seguía sin entender nada, aunque aquel encuentro me hizo pensar mucho en el aspecto salvaje que guarda trabajar con cosas de arte.

La primera vez que defendí a Victor en público fue en un jurado. Ante el desafío de la convocatoria, se tomó la libertad de enviar una reinterpretación de las bases de la convocatoria junto a un video en el que su perro (Paco) elegía -si se sentaba a sus órdenes- si le iban a dar el premio o no. Y como nadie entendía nada, más allá del chiste y la moza, empecé a entender que algo de mala hostia había en todo aquello, y que de un modo u otro, servía para algo. Empecé a comprender lo que era Victor en relación a su trabajo y lo profundamente convencido que estaba de lo que estaba haciendo, lo cual, es mucho decir de un curro.

Una de las primeras impresiones que tuve cuando leí el trabajo de Victor, es que podía tratarse del “típico” curro pretencioso que trata de ser raro porque sí, y que podía caer en la caricatura del artista torturado que se sabe torturado y lo vende empaquetado para que todos nos lo comamos con patatas. Pero no, nada más lejos de mis impresiones. El curro del Victor no tiene nada que ver con eso, porque Victor no es el típico artista torturado. A mi el Victor me parece un tipo bastante normal, bastante equilibrado y bastante razonable, que, simplemente, está hasta las pelotas -punto que tenemos en común- de tener que negociar con ciertas formas de hacer, de maniobrar, de persuadir, para que su trabajo sea nombrado como “obra de arte”. Creo que el Victor no es que vaya de outsider, es que, simplemente no tiene que ir de nada, porque se la trae al pairo cualquier cosa que piensen los demás. Seguramente al principio no, claro. Los principios son duros. Uno quiere agradar, que le entiendan, estar y que lo extienda. Verse y que lo vean. Pero al cabo de un tiempo, cuando nadie se gira para verte, y lo que haces no encaja -porque no encaja- con los discursitos antiformalista anticonceptualistas antimetodistas de la genealogía a la que te ha tocado pertenecer por contexto, entiendo que empieza a sudártelo todo bastante. Supongo. Menos mal.
Lo que pasa es el concepto de outsider está muy mal gestionado. A menudo se dice que tal o cual artista es un “fuera de”, con la intención exactamente contraria, para convertirlo en “dentro de” sólo con sugerir que se le puede poner el focazo encima para que brille por encima de las estrellas. Domesticar al potro salvaje para que nos baile sardanas encima de una peana. Pero eso no es ser un “outsider”, eso es ser imbécil y dejarse convencer por la manada de lobos que espera a las puertas del dossier bien hecho para colocar el San Benito y lo convertir lo que estaba lejos lejos lejos en la última joya de la corona, de toque rápido y fácil asimilación.

Pues no, no. El Victor no es eso. El Victor es un superviviente que, habiendo querido estar, no está y ya se ha dado cuenta de que basta, simplemente, con ponerse cachondo con Camarón, viendo correr por la banda a Sergio Ramos, con el disco original de Thriller en cassette, con los pósters de Cobain que nunca tuvo...y que basta con hacer desde ahí. De ese “darse cuenta”, surge la unión lasciva y formalmente incorrecta con que opera, y mediante la cual nos sentamos interrogados por todas esas referencias, colocadas sobre el aceite requemado de aquel bar del Paralelo donde ponen panceta ibérica. Videos latinos pixelados en Youtube que se mezclan con el desapego al territorio, la iconografía mediática -vamos a dejarlo en tensión sociopolítica- y el instinto como arma definitiva contra la desafección. Algo de eso es lo que surge de los muros del taller, como espacio vital, como búnker insondable.

El Victor, ni tiene presencia ni la espera. Y si la consigue, que sería algo bueno para todos, espera conseguirla en una dosis tan alta y tan eficaz que le permita hacerse profundamente millonario. Lo cual, tiene toda la lógica del mundo y le convierte, de una manera absolutamente sincera, en un héroe de la no-escena. El auténtico héroe.
Para que nos vamos a engañar, Victor tiene un curro cojonudo, súper bien armado y muy cerca de todo eso que algunos llaman “pulsión”. Porque funciona por si solo, porque esa idea de tirarse piedras sobre su propio tejado, porque el fallo es estrategia. Lo que pasa es que no hace falta que yo me marque ningún tipo de discurso eficaz, bien diseñado, perfectamente argumentado y vacío -como la mayoría de los textos que solemos escribir o nos escriben- para acabar diciendo que sí, que me mola, que me mola todo. Que me pone. Que me pone mucho. Que no se porqué me pone. Que no entiendo nada, pero que me pone todo. Coléricamente me pone. Y que no hay que explicar nada, que ahí está. Punto.

El curro de Victor me enciende, me dispara ciertas señales que no se me disparan muy frecuentemente, aún cuando está en las antípodas de lo que se supone es la in/corrección formal en la que he sido formado y sobre la que sostiene todo ese peso bien armado y estructurado de mi genealogía artístico-parental. A lo mejor es precisamente por eso, que a mi un día me dijeron que no podía poner uñas, pelos, mierda, vómitos, fotos de mis padres, fotos de Britney, ni nada que fuese profundamente corporal y literal en mi curro, y ahí va, el Victor, con dos cojones, y lo pone. Y eso a mi me causa un malestar, una interrogación, un extrañamiento, una incomodidad tan grande que, cuando veo que proviene de un ejercicio tan contundente de deseo, no puede más que convocarme a sentirme erizado. Vamos, que activa cierto punto estético-masoquista en mi, que agradezco profundamente.

Me gusta el curro de Victor, pero sobretodo me gusta Victor, por toda la mala hostia con que hace las cosas y todo lo que le sirve para, cuando cierra la puerta de su taller, ser un tipo apaciguado y majetón. Pienso en lo contrario, en todas esas gentes de bien, de buen hacer y saber estar del arte que están tan arrinconados en sus doseles formales, en ese protocolo de lo que toca, en ese deslumbramiento fugaz del ultrafaro de la escena, que cuando cierran la puerta de su taller (si es que lo tienen), son las personas más asquerosas, más malas y más despiadadas del mundo.

Me mola el curro del Victor, porque Victor es mi colega. Porque no puede ser de otro modo. Porque puede pillar a Lacan y soltarlo por su casa para que corra, y luego irme a ver un partido del Betis, sin sufrir ningún tipo de descalabro emocional en medio, porque en realidad, es todo lo mismo. Lacan y la afición del Betis, Camarón y la pulsión de muerte, la escultura megalítica y los videos con su Golden Retriever, la desasosegante falta de dispositivo y la rumba de los Chichos.

Me alegro de que vaya a hacer una expo como dios manda, donde pueda poner todas esas cosas hechas con tan mala hostia para que todo el mundo las vea. Y me alegro de que lo llame “Lección#1” y se marque ese momento de mentor, al tiempo que -como el mismo dice- se reafirma en su postura. Me alegro porque hay mucha peña que tiene mucho que aprender de esta expo, de esta inexistencia, de la interrupción de las narrativas de la corrección, de la protección de la escena como trinchera y jaula. Me alegro porque por fin lo subestimable se torna estrategia y el autoboikot se mete dentro de una galería para ver si abre una brecha, tira una piedra y quema algo gordo.
La primera vez que Victor me pidió un texto -esta vez- sentí que no tenía que escribir más que un alegato a favor suyo y en contra de todas esas gilipolleces que tenemos que seguir viendo por ahí, simplemente, porque están bajo el amparo de lo establecido como correcto. A ver si la gente que pasa por la expo de Victor aprende algo y se da cuenta de que lo importante de nuestro oficio no es agradar al personal, es hacer lo que sea, como sea, para resolverse uno mismo en el mundo...y que lo demás, toda esa parafernalia infernal de listas, nombres, nombramientos, precios, premios y tonterías de puertas para afuera, importan para el arte exactamente una mierda. Y por eso, también, hay que ir más veces a bailar reggeton con algún apunte de Ranciere.

Así que, creo, lo que tiene que hacer Victor es seguir haciendo lo que hace, que es simplemente eso, hacer...un curro innombrable, sin amo, sin luz fugaz ni protecciones intercambiables, sin parapetos de ningún tipo, sin manos detrás que lo arropen, ni lo acunen, hecho en el caldo de la mala baba, a fuego lento en el taller de las sombras, en el Mordor de Jaenada. Y lo que espero es que el Victor, desde todo eso, no me falle y cuando le toquen a la puerta -que le tocarán- no se sienta angustiado, no sucumba, no se pliegue, no se deje seducir y mantenga la incorrección como formato, la mala hostia como norma y la desafección como artefacto. Eso, y ya está, punto, que no se convierta que debemos negar, uno de esos -uno más- que llega a Madrid como Farruquito, demasiado rápido, por la M-40.